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Nuevo León

Hilos que heredan amor: la historia de un sastre que cose con el alma

Entre telas, agujas y recuerdos, este sastre mantiene vivo el legado de su padre en una pequeña sastrería, donde cada puntada guarda historia, gratitud y orgullo familiar.


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Copiar Liga
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En un taller de apenas 6x6 metros, donde el sonido constante de una máquina de coser de más de 20 años marca el ritmo del día, trabaja Alfonso Ramírez Ramírez.

Nos recibe con una cinta de medir colgada al cuello, como símbolo silencioso de su oficio, y con la amabilidad de quien ha hecho de su trabajo una forma de vida.

Mientras conversa, señala con naturalidad sus herramientas de todos los días: un gis, las tijeras y las reglas. Elementos sencillos, pero esenciales para transformar telas en historias.

Sus manos, firmes pero sensibles, recorren cada prenda, ajustan costuras y devuelven vida a lo que otros darían por perdido o rehacen prendas nuevas que no les quedaron a la primera.

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Hijo de Don Alfonso Ramírez y de Rosalinda Ramírez, Alfonso creció entre agujas, telas y enseñanzas. Desde los 16 años aprendió el oficio, no solo como una forma de ganarse la vida, sino como una manera de honrar a su familia.

Hoy, desde la sastrería Ramírez, uno de los pocos negocios sobrevivientes del antiguo Mercado Colón, ahora ubicado en el local 21 continúa con orgullo ese legado.

¿Qué significa para usted llevar en sus manos el oficio que le heredaron sus padres?

Alfonso no duda en responder. Dice que lo hace con gusto, con pasión, y que se siente satisfecho porque trabaja en lo que ama. Aunque con humildad aclara que simplemente hace su trabajo, quienes lo conocen lo llaman “maestro”. Y aunque ese título le provoca una sonrisa tímida, en el fondo lo llena de orgullo.

  • En su pequeño taller, cada objeto cuenta una historia: una mesa con más de dos décadas de uso, una silla que alguna vez fue parte del comedor de su madre y ahora es pieza clave en su jornada diaria, y frascos llenos de botones reciclados, listos para darle nueva vida a camisas que llegan incompletas. 

¿Qué le diría hoy a su papá si pudiera tenerlo enfrente?

La respuesta lo quiebra un poco. Sus ojos se humedecen y su voz se suaviza: “Le daría las gracias”. No necesita decir más. En ese instante, mira sus manos… y se emociona. Dice que son iguales a las de su padre. Y en ese parecido, encuentra una conexión que trasciende el tiempo.

Su trabajo no se limita a trajes de caballero. Alfonso repara abrigos, chamarras de piel, vestidos de fiesta, faldas, gabardinas. Ajusta, transforma, reconstruye. Cada prenda pasa por sus manos con el mismo cuidado, sin importar quién la traiga.

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¿Cuál es el secreto para que su trabajo sea tan reconocido?

Él lo resume con sencillez: ponerle más ganas de lo normal. Para Alfonso, no hay diferencias entre clientes; todos merecen el mismo trato, la misma dedicación, el mismo esmero. Porque en cada costura, dice, va también un pedazo de su historia.

Así, entre telas y recuerdos, Alfonso Ramírez no solo arregla ropa. También remienda memorias, honra a sus padres y demuestra que hay oficios que no solo se aprenden, se sienten.

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