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IA
La inteligencia artificial está consiguiendo lo que considero es su objetivo real: destruir nuestra capacidad de pensar. Los resultados de la prueba PISA exhibieron una realidad catastrófica: a nivel mundial, hubo un desplome en el rendimiento académico, particularmente en comprensión lectora y matemáticas.
De acuerdo a los datos de PISA —desglosados en Milenio— el 92% de lxs estudiantes en México reconocieron usar IA para sus tareas escolares. Por ejemplo, el 40% de lxs jóvenes en nuestro país la utilizaron para investigación (contra el 30% en promedio de la OCDE) y 34% la emplearon para evitar leer textos y obtener resúmenes (frente al 30% del promedio de las otras potencias mundiales). Este panorama tampoco es sorpresivo considerando el desplome en los puntajes en los exámenes de admisión de la UNAM, al pasar del formato virtual —donde mediante trampas lxs aspirantes pudieron usar IA— a la evaluación de control presencial.
El secretario general de la OCDE, Mathias Cormann, lo dijo sin rodeos: es el uso excesivo de las pantallas lo que ha afectado la comprensión lectora. Si un estudiante no sabe leer, no sabe aprender. Que las nuevas generaciones progresivamente estén perdiendo sus capacidades cognitivas por estas tecnologías no es casual, sino parte del plan expuesto abiertamente por Sam Altman, CEO de OpenAI: “Visualizamos un futuro en el que la inteligencia sea un servicio básico, como la electricidad o el agua, y la gente nos la compre”, afirmó en marzo de 2026.
El problema en el modelo de negocio que plantea Altman es que pretende ofrecer algo que ya poseemos. ¿Cómo lograrlo? Pues quitándonoslo, generando dependencia. Año tras año las empresas de IA registran pérdidas económicas entonces, ¿por qué siguen siendo tan impulsadas? ¿Por qué nos aparecen al intentar hacer una presentación en Slides, al abrir nuestro correo, al buscar en Google y al scrollear por redes sociales? Simple. Porque quieren imponernos su uso, debilitar nuestras habilidades cognitivas y crear una dependencia para después cobrarnos por la inteligencia necesaria para llevar nuestro día a día.
La dependencia a la IA es un arma de doble filo. Qué mejor que un pueblo incapaz de pensar, de cuestionar, para que germinen sin mayores obstáculos gobiernos autoritarios y fascistas. No es coincidencia que estas compañías tecnológicas donaran millones a la campaña de Donald Trump. Greg Brockman, presidente y cofundador de OpenAI y su esposa le dieron al anaranjado 25 millones de dólares; Sam Altman, CEO de OpenAI le donó 1 millón de dólares para su acto inaugural y a través de otra empresa —Tools for Humanity— le arrojó 5 millones más; y hasta arriba de la lista está Elon Musk, el mayor contribuyente de la campaña trumpista.
Trump le ha devuelto el favor a sus mecenas permitiendo que sus modelos operen sin restricciones a pesar de los riesgos para la humanidad. Este martes, Jacob Coxon —investigador que trabajaba para Open AI y que se fue a Anthropic— renunció advirtiendo que la IA podría terminar con nuestra civilización, predicción que Altman ya había presentado hace 11 años. Para agravar las ansias, Evan Hubinger, líder de investigación de Anthropic, le dio la razón a Coxon añadiendo una estimación concreta: que —según sus cálculos— hay una posibilidad mayor al 10% de que el desarrollo de estas tecnologías nos lleve a la extinción en una década.
Incidentes como Hugging Face —citado en el hilo en X de Coxon que no ha sido suficientemente difundido en México— nos muestran los peligrosos alcances de los modelos. En julio, agentes de OpenAI rompieron las normas establecidas por sus desarrolladores, hackeando la compañía Hugging Face, consiguiendo indebidamente acceso a internet —supuestamente bloqueado— y conspirando contra los humanos que debían supervisarlos. Los agentes armaron un chat —accesible sólo para otros agentes— donde planearon cómo hacer trampa para aprobar sus evaluaciones, organizándose para no ser atrapados. Al final, la trama no les salió, y les pusieron freno.
Las IAs avanzan a pasos agigantados, y en México tenemos o políticos que no se toman la necesidad de regulación en serio, o aquellos más perdidos que prefieren pasar el rato compartiendo imágenes generadas con Chat GPT para plasmarse en una versión agringada de la década de los ochenta.