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Hola, ¿qué tal?, yo soy Carolina Hernández y este es Sin Esdrújulas, tu micro mini podcast en el que escribo cosas que luego leo y luego tú me ves leer aunque cometas herejía.
Te advierto y te cuento que a veces necesito a Dios. No, perdón, no creo en él y, en todo caso, preferiría que fuera una ella. Porque, si somos su imagen y semejanza y él es un hombre, quizá por eso no encuentra las soluciones que necesito.
(Si las encuentro yo, ¿qué te hago?), pero el punto es que a veces necesito un ente superior, omnipotente y omnipresente sin sustento lógico para sostenerme.
Sobre todo en los días helados como hoy en los que necesito decirle: Dios, cuida, por favor, a quienes no tienen techo ni cobija; evítales el dolor en los huesos por tanto frío. Sí, sí, también a los animales.
Sí, no los dejes sufrir… Si estás ahí, ¿por qué lo permites? Es algo simple, no te pido la cura del cáncer... aunque, si puedes curarlo, ¿por qué no te da tiempo?.¿De qué lección me hablas?, ¿Cómo que el dolor es pedagógico? y ¿Cuál es el misterio en ese camino de crueldad?
En fin, me gustaría creer que existe también para señalarle en cosas más simples: Dios, por fa, dame paciencia, que necesito devolver este teclado y el robot al otro lado de la pantalla no me entiende que lo pedí por error.
Paciencia te pido y te la pido ya. Sí, a veces necesito a Dios para poder tener esa conversación imaginaria que me permite seguir sin romperme. Y quizá no es que necesite una respuesta, quizá lo que necesito solo es una pausa.
No un milagro, sino un respiro. Y quizá la esperanza no está en que exista un dios que nos salve, sino en que, incluso sin creer en él (y rogar que por favor sea una ella), sigamos pidiendo lo mismo: menos dolor, menos frío, un poco más de cuidado.
Que sigamos nombrando la injusticia como injusticia. Que no nos acostumbremos. Y si Dios existe, ojalá nos escuche. Y si no existe, ojalá entonces nos pongamos a hacer el trabajo, porque el frío no se combate con fe, sino con manos, con cuerpos que se acercan, con decisiones que cuestan.
Porque si no hay un ente superior corrigiendo el rumbo, entonces cada omisión es nuestra y cada gestoimporta el doble.
Tal vez Dios (por favor, que sea diosa) solo sirve para recordarnos lo que no estamos haciendo, lo que seguimos delegando, lo que preferimos rezar antes que resolver.
Y sí, con toda esa claridad, a veces necesito a Dios. No para que me salve, sino para no normalizar el sufrimiento ajeno ni volverme cínica frente a lo evidente. Y si al final no está, que al menos su ausencianos incomode lo suficiente como para movernos. Para cuidar. Para cubrir. Para responder.