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En Estados Unidos está creciendo un movimiento que propone eliminar el voto femenino.
Lo inquietante es que muchas de quienes la defienden son mujeres. Algunas incluso han dicho públicamente que estarían dispuestas a renunciar a su derecho a votar porque creen que el matrimonio debería hablar con una sola voz.
Y mientras eso sucede, vale la pena recordar que en México las mujeres votaron por primera vez en una elección federal apenas el 3 de julio de 1955. Hace menos de setenta años que en México las mujeres pudieron celebrar su derecho al voto, y en nuestro país vecino, ya hay mujeres proponiendo renunciar a este.
A veces creemos que los derechos llegan para quedarse, pero no siempre es así. Por eso se necesita un posicionamiento político activo.
Pero, ¿en qué momento un derecho deja de parecer una conquista y empieza a verse como algo de lo que podemos prescindir?
Durante años pensamos que las distopías como El cuento de la criada hablaban de un futuro imposible. Pero Margaret Atwood entendió algo muy bien: los derechos no desaparecen de un día para otro sino que primero cambia el discurso y después cambia aquello que la gente considera normal.
Es sólo al final que las leyes cambian, cambiando de paso el mundo y la tranquilidad que, en dado caso, dábamos por sentado.
Hay un cuento que Slavoj Žižek suele recuperar. Una bruja le dice a un campesino: “Pídeme lo que quieras. Pero todo lo que tú recibas se lo daré por duplicado a tu vecino”. El campesino lo piensa un momento y responde: “Arráncame un ojo”.
Es una historia brutal porque muestra que, a veces, las personasprefieren perder con tal de que otros pierdan más. Y quizá ahí hay una clave para entender lo que está ocurriendo así como ese mundo que imagina Atwood.
Muchas de las mujeres que hoy defienden estas ideas pertenecen a sectores con privilegios económicos, raciales o religiosos.
Desde esa posición es más fácil pensar que renunciar a un derecho no tendrá consecuencias graves. Que el nuevo orden seguirá beneficiándolas.
Lo mismo ocurre en El cuento de la criada. Serena Joy ayuda a construir un régimen que termina quitándole derechos, pero lo hace convencida de que conservará una posición privilegiada frente a otras mujeres.
A veces las personasno apoyan un proyecto porque les prometa una vida mejor, sino porque les garantiza que otros estarán peor.
Quizá por eso las distopías son importantes. No porque adivinen el futuro, sino porque nos recuerdan que no podemos dar por sentado el mundo en que vivimos y muchos menos nuestros derechos.
Por eso, cada vez que alguien propone restringir un derecho debemos preguntarnos ¿quién gana con ello? Porque detrás de casi todos los derechos que se ponen en duda hay siempre una disputa por el poder. Ningún derecho desaparece en el vacío. Siempre hay alguien que se beneficia cuando otros dejan de ejercerlo.