De mensajero a bolero: la historia de Fernando de la Garza
Don Fernando llegó al oficio sin saber bolear. Aprendió sobre la marcha y hoy trabaja desde temprano atendiendo a quienes todavía conservan la costumbre de llevar sus zapatos con el bolero.
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Antes fue mensajero y se dedicaba también a reparar aparatos. Después, casi por casualidad, terminó sentado frente a una silla con cepillos y productos para calzado.
Su historia comenzó cuando todavía trabajaba en otras actividades y tenía algunas mañanas disponibles. Un día, el dueño de una silla de bolero le propuso quedarse a trabajar y repartirse las ganancias.
Fernando aceptó, comenzó con pocos clientes y, con el paso del tiempo, aprendió el oficio hasta terminar rentando la silla.
Antes fue mensajero y se dedicaba también a reparar aparatos. Foto / Ramón Sánchez
¿Cómo aprendió Fernando de la Garza a bolear zapatos?
Fernando recuerda con humor el momento en que le preguntaron si sabía hacer el trabajo.
¿Sabes bolear? le preguntaron.
¿Sabes arreglar teles? respondió.
La comparación tenía una razón. Él estaba acostumbrado a realizar trabajos técnicos y consideraba que bolear zapatos era un oficio que podía aprender con la práctica.Y así ocurrió.
“Al principio sacaba poco, después ya se empezó a sacar bastante”, recuerda al hablar de sus primeros días Don Fernando.
Conforme adquirió experiencia, comenzó a formar una clientela y terminó dedicando más tiempo a una actividad que originalmente había comenzado para aprovechar sus horas libres.
¿Cuánto puede ganar un bolero en Ciudad Victoria?
Don Fernando asegura que actualmente comienza su jornada alrededor de las 7 de la mañana y permanece trabajando hasta aproximadamente las 3 de la tarde afuera de la Clínica Hospital ISSSTE Victoria.
De acuerdo con su propio cálculo, en una jornada puede obtener alrededor de 600 pesos, aunque sus ingresos dependen naturalmente de la cantidad de clientes que lleguen.
Su clientela es diversa. Fernando asegura que entre quienes llegan a su silla se encuentran trabajadores, médicos, servidores públicos y personas que todavía mantienen la costumbre de llevar zapatos que requieren limpieza y mantenimiento.
Aunque los tenis y otro tipo de calzado han ganado terreno en la vida cotidiana, Don Fernando sostiene que todavía existe clientela para los aseadores de calzado.
Incluso recuerda que en algún momento se instaló una máquina para limpiarzapatos, pero, según su experiencia, no dio buenos resultados.
“Venían acá con nosotros con los zapatos bien manchados”, cuenta Don Fernando.
Su trabajo se desarrolla prácticamente a la vista de todos: mientras conversa, aplica producto, cepilla y devuelve el brillo al calzado de quienes se sientan frente a él.
Antes fue mensajero y se dedicaba también a reparar aparatos. Foto / Ramón Sánchez
¿Está desapareciendo el oficio del bolero en Ciudad Victoria?
Cuando se le pregunta cuántos aseadores de calzado quedan actualmente en la capital de Tamaulipas, Fernando ofrece una respuesta que abre una interrogante sobre el futuro del oficio: “Ahorita hay bien poquitos”.
También recuerda que muchos de los compañeros que conoció durante sus años como bolero ya fallecieron.
Su testimonio no permite determinar exactamente cuántos aseadores de calzado continúan activos actualmente en Ciudad Victoria, pero sí refleja la percepción de alguien que ha visto cómo el oficio y sus integrantes han disminuido con los años.
Lo cierto es que él continúa llegando por las mañanas.
Entre cepillos, zapatos y conversaciones con los clientes, Fernando de la Garza forma parte de esos personajes cotidianos que pueden pasar inadvertidos hasta que alguien se detiene a escuchar su historia.
Llegó sin saber bolear, comenzó utilizando la silla de otra persona y aprendió trabajando.
Hoy, cuando alguien le pregunta si todavía hay personas que buscan que les boleen los zapatos, responde sin dudar: “Sí, cómo no”.