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En México, cada vez que se anuncia la captura de un gran capo, la escena se parece a cuando un equipo mete gol en los primeros minutos del partido: la afición celebra, el estadio vibra, los comentaristas hablan de “golpe histórico”. Pero el partido dura 90 minutos… y a veces tiempos extras.
La pregunta no es si se anotó un gol.
La pregunta es si se sabe jugar el resto del encuentro.
En las últimas décadas, el combate al crimen organizado ha pasado por todos los colores del uniforme: PRI, PAN, Morena; derecha, izquierda, centro; discursos de “mano dura” y discursos de “abrazos”. Cambian los técnicos, cambian las alineaciones, pero el marcador final rara vez refleja una victoria estructural.
En el futbol, si solo te enfocas en marcar al delantero estrella del rival, pero descuidas el medio campo y la defensa, el equipo contrario termina encontrando otro camino al gol. Eso ha pasado en México: se concentra la estrategia en la cabeza visible del cártel, pero no se neutraliza la banca, ni el sistema de juego, ni la cantera que produce nuevos jugadores.
Cuando en 1989 cayó Miguel Ángel Félix Gallardo, fue como sacar al capitán del equipo rival. Pero el club no desapareció; se dividió en nuevas escuadras: Sinaloa, Tijuana, Juárez. Los jugadores jugaron hicieron sus propios equipo, para seguir jugando.
En 2003, con la detención de Osiel Cárdenas Guillén, parecía que el Cártel del Golfo quedaba descabezado. Lo que vino fue una escisión más agresiva: Los Zetas. Es como si, al expulsar al director técnico, el auxiliar asumiera el mando con una táctica aún más ofensiva y violenta.
En 2008, la captura de Alfredo Beltrán Leyva fracturó al Cártel de Sinaloa. Resultado: guerra interna, nuevos equipos, más sangre en la cancha. En 2010, la caída de Ignacio “Nacho” Coronel reconfiguró estructuras que, con el tiempo, darían paso al Cártel Jalisco Nueva Generación. Cada expulsión generó reacomodos, no necesariamente el final del torneo.
En México, muchas veces jugamos a marcar hombres, no a desarticular sistemas.
Comparemos. En 2021, Australia ejecutó la Operación Trojan Shield: dos años de inteligencia, infiltración tecnológica, coordinación internacional. Más de 800 detenidos. No fue solo sacar al goleador; fue desmantelar la directiva, congelar las cuentas del club, intervenir la logística, romper la comunicación interna. Eso es presionar alto, cortar líneas de pase y ahogar al rival.
En Medellín, la Operación Orión buscó recuperar territorio en la Comuna 13. Aproximadamente 400 detenidos. No era solo detener a cabecillas, sino recuperar la cancha, retomar el control del estadio, restablecer la autoridad en las gradas.
En México, en cambio, cuando se detiene a un capo, lo que suele venir son narcobloqueos, violencia, disputas internas. Es como si, tras expulsar a la figura principal, el equipo rival se lanzara con todo al frente en los últimos minutos, desordenando el partido.
Agarraron al Mencho. Supongamos que el delantero estrella salió del campo. ¿Se tiene banca para sostener el ritmo? ¿Se tiene estrategia para evitar el contraataque? ¿Se controló el medio campo —finanzas, rutas, reclutamiento— o solo se ganó la foto del gol?
Porque el crimen organizado no es un jugador; es un sistema táctico. Tiene estructura, financiamiento, operadores regionales, células locales. Si no se interviene todo el esquema, el partido se reconfigura.
La seguridad no puede depender del festejo del gol mediático. Necesita planeación, inteligencia sostenida, coordinación real entre federación, estados y municipios. Necesita política social que cierre la cantera del reclutamiento. Necesita árbitros firmes —instituciones limpias— que no estén comprados.
En el futbol, los campeonatos no se ganan con una jugada espectacular. Se ganan con constancia, orden táctico, disciplina y proyecto de largo plazo.
Si esta vez solo celebramos el gol, pero no ajustamos la estrategia, el rival regresará al marcador. Y volveremos a preguntarnos, dentro de algunos años, con otro nombre y otra camiseta criminal.