El mapa político de América Latina está cambiando; las derechas recuperan terreno y Donald Trump vuelve a colocar al continente en el centro de su estrategia geopolítica
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El mapa político de América Latina está cambiando; las derechas recuperan terreno y Donald Trump vuelve a colocar al continente en el centro de su estrategia geopolítica. La pregunta es qué papel jugará México rumbo a 2030.
La historia parece repetirse. Más de dos siglos después de su proclamación, la Doctrina Monroe vuelve a cobrar protagonismo en América Latina. Y esta vez no solamente como una referencia histórica, sino como parte de una estrategia que el propio gobierno de Donald Trump ha decidido recuperar.
Durante los últimos años, América Latina experimentó una importante expansión de gobiernos identificados con la izquierda. Sin embargo, el escenario político comienza a transformarse. Argentina, Bolivia, Chile, Colombia y Perú son ejemplos de cambios en el equilibrio ideológico regional.
El mapa latinoamericano está en movimiento y las derechas han encontrado nuevas oportunidades para recuperar espacios de poder.
Brasil representa uno de los episodios más importantes de esta transformación. La contienda presidencial entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, llegará a una segunda vuelta el próximo 25 de octubre.
Una elección que no solamente definirá el futuro de la mayor economía sudamericana, sino que también tendrá repercusiones en el equilibrio político del continente.
Pero detrás de este reacomodo electoral existe una reflexión geopolítica de mayor profundidad: ¿estamos presenciando el regreso de la Doctrina Monroe?
En 1823, el presidente estadounidense James Monroe estableció una política que históricamente se resumió en una frase: América para los americanos. Originalmente concebida para rechazar nuevas intervenciones europeas en el continente, con el paso del tiempo también fue utilizada para justificar la influencia y las intervenciones de Washington en América Latina.
Hoy, Donald Trump ha recuperado expresamente esa doctrina, ante los grandes pasos que ha dado China en el continente.
Su administración incluso ha formulado lo que denomina el Corolario Trump, una estrategia orientada a reafirmar el predominio estadounidense en el hemisferio occidental, limitar la influencia de potencias externas y fortalecer su agenda de seguridad, comercio y migración.
Para Washington, se trata de defender sus intereses estratégicos. Para sus críticos, representa el riesgo de regresar a una política intervencionista que durante décadas condicionó las decisiones de los países latinoamericanos.
Y es precisamente aquí donde aparece México.
La relación entre el gobierno de Claudia Sheinbaum y la administración de Donald Trump atraviesa un escenario complejo. Por un lado, México necesita mantener una relación comercial sólida con Estados Unidos, su principal socio económico. Por otro, enfrenta presiones estadounidenses cada vez más visibles en materia de seguridad, migración y combate al narcotráfico.
Trump ha endurecido su discurso contra los cárteles mexicanos, colocando el concepto de narcoterrorismo en el centro de su política de seguridad. Esto abre una discusión delicada sobre los alcances de la cooperación bilateral y los límites que establece la soberanía nacional.
No es casualidad que Morena y la presidenta Claudia Sheinbaum hayan convertido la defensa de la soberanía y el principio de no intervención en elementos recurrentes de su narrativa política.
El problema de fondo es que la soberanía no solamente se defiende desde el discurso. También depende de la capacidad económica, comercial y diplomática de un país para tomar decisiones sin quedar sujeto a presiones externas.
México mantiene una profunda integración económica con Estados Unidos. Millones de empleos, inversiones, exportaciones y cadenas productivas dependen de esa relación. Y cuando existe semejante interdependencia, las decisiones políticas de ambos gobiernos inevitablemente se encuentran vinculadas.
Esto no significa que Washington determine automáticamente el rumbo político mexicano, pero sí que sus decisiones pueden influir considerablemente en el entorno económico y de seguridad en el que compiten los distintos proyectos nacionales.
Por eso, la reflexión debe ir más allá de las diferencias ideológicas entre izquierda y derecha.
¿Qué sucederá con México si América Latina continúa experimentando un reacomodo hacia gobiernos de derecha? ¿Cómo responderá Morena a una presión internacional cada vez mayor? ¿Y qué tanto influirá la relación con Estados Unidos en el escenario electoral mexicano de 2030?
No existen respuestas definitivas.
El regreso de la Doctrina Monroe no significa necesariamente que todos los países latinoamericanos terminarán bajo gobiernos de derecha. Tampoco implica que México esté destinado a experimentar una alternancia política.
Pero sí nos obliga a reconocer que la política nacional ya no puede analizarse únicamente desde nuestras fronteras.
La disputa comercial entre Estados Unidos y China, el combate al crimen organizado, la migración, las nuevas alianzas internacionales y el resurgimiento de los nacionalismos están modificando las reglas del juego.
México tendrá que decidir cómo defender su soberanía sin poner en riesgo su integración económica y cómo mantener una relación estratégica con Washington sin renunciar a su capacidad de decisión.
Porque mientras en nuestro país la conversación política sigue concentrada en la sucesión presidencial, las alianzas partidistas y las elecciones de 2027, el mundo está experimentando una transformación mucho más profunda.
La Doctrina Monroe está de regreso. América Latina está cambiando. Y la gran interrogante no es solamente quién gobernará México en 2030, sino qué margen de decisión tendrá nuestro país frente al nuevo orden geopolítico del continente.
Al final, para entender el futuro político de México, primero tendremos que entender hacia dónde se está moviendo el mundo.