Hugo Ontiveros | El canal de Panamá: cuando lo básico funciona
Esta semana me encuentro en Panamá, un país que, debo decirlo, me ha sorprendido gratamente...
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Esta semana me encuentro en Panamá, un país que, debo decirlo, me ha sorprendido gratamente. Y entre las experiencias que me llevo de esta visita hay una que inevitablemente provoca no solamente admiración, sino también reflexión: conocer el majestuoso Canal de Panamá.
Uno puede haber leído sobre él, estudiado su importancia para el comercio internacional, visto documentales o fotografías de los enormes barcos atravesando sus esclusas. Pero estar ahí, observar sus dimensiones y comprender su funcionamiento cambia por completo la perspectiva.
Estamos hablando de una obra inaugurada hace más de un siglo y que transformó para siempre la dinámica del comercio mundial. Una infraestructura que no solamente conecta dos océanos: ayudó a construir buena parte de la vocación económica de un país entero.
Y ahí aparece la primera reflexión política.
¿Cuántas obras de nuestros gobiernos actuales estamos construyendo para que duren cien años?
No me refiero únicamente a que permanezcan físicamente. Me refiero a políticas públicas, instituciones e infraestructura capaces de seguir siendo útiles para generaciones que todavía ni siquiera han nacido.
El Canal de Panamá, evidentemente, se ha modernizado, ampliado y adaptado a las necesidades del comercio contemporáneo. Pero hay algo fascinante: detrás de toda esa monumental infraestructura continúa existiendo un principio extraordinariamente sencillo.
Agua, gravedad y física.
Las esclusas permiten elevar y descender embarcaciones mediante diferencias en los niveles del agua. No se necesita inteligencia artificial para desafiar las leyes de la naturaleza; por el contrario, la genialidad consiste precisamente en aprovecharlas.
Y quizá ahí tenemos una gran lección para nuestros gobiernos. Vivimos obsesionados con la palabra innovación.
Queremos ciudades inteligentes, gobiernos digitales, inteligencia artificial, aplicaciones para prácticamente todo, plataformas, algoritmos, enormes bases de datos y el software de última generación.
Y está bien.
La tecnología es indispensable y quien renuncie a ella probablemente estará condenado al rezago.
Pero existe una enorme diferencia entre utilizar la tecnología para resolver problemas y utilizarla simplemente para aparentar modernidad.
De nada sirve tener una aplicación extraordinaria para reportar un bache si no tenemos una cuadrilla capaz de taparlo. De poco sirve presumir sistemas digitales para administrar el agua si las colonias pasan días enteros sin recibirla.
Podemos instalar miles de cámaras inteligentes, pero si no existen policías capacitados, instituciones confiables y capacidad de reacción, tendremos ciudades perfectamente vigiladas en las que los delitos seguirán ocurriendo.
Podemos hablar de inteligencia artificial en las escuelas, pero primero necesitamos profesores, aulas dignas, electricidad, conectividad y alumnos que comprendan lo que leen.
Ahí está el punto.
Antes de pensar en lo sofisticado, debemos garantizar que funcione lo esencial.
El Canal de Panamá me hizo recordar que las grandes soluciones no necesariamente tienen que ser complicadas. Algunas de las mejores ideas de la humanidad han sobrevivido precisamente porque parten de principios básicos que no cambian.
La física no pasa de moda.
La gravedad no necesita actualización de software.
Pero tampoco pasan de moda la disciplina, la planeación, el trabajo, la responsabilidad, la honestidad y el sentido común.
Y esta reflexión no solamente aplica para los gobiernos.
También aplica para las empresas, las organizaciones y hasta para nuestras propias familias.
Vivimos buscando la siguiente herramienta que nos haga más productivos, el teléfono más avanzado, la aplicación que organice nuestra vida o la inteligencia artificial que nos permita hacer en minutos lo que antes nos tomaba horas.
Bienvenida toda esa tecnología.
Pero ninguna aplicación sustituirá la disciplina.
Ningún algoritmo reemplazará el criterio.
Ninguna inteligencia artificial podrá compensar indefinidamente la ausencia de sentido común.
Y ningún gobierno será verdaderamente moderno solamente porque digitalice sus trámites si antes no logra que sus instituciones funcionen.
Quizá por eso una obra con más de cien años de historia puede enseñarnos tanto sobre el futuro.
La verdadera innovación no consiste siempre en inventar algo nuevo. A veces consiste en identificar correctamente un problema, comprender sus principios fundamentales y construir una solución tan sólida que pueda sobrevivir al paso de las generaciones.
En política pública deberíamos pensar mucho más así.
Menos ocurrencias sexenales y más proyectos de Estado.
Menos obras diseñadas para la fotografía inaugural y más infraestructura pensada para nuestros nietos.
Menos obsesión por parecer modernos y más preocupación por ser eficientes.
Después, por supuesto, incorporemos inteligencia artificial, automatización, sensores, datos y toda la tecnología disponible.
Pero primero hagamos que lo básico funcione.
Porque después de observar durante horas una de las obras de ingeniería más importantes del planeta, me queda una idea dando vueltas: el futuro no siempre consiste en abandonar lo viejo para perseguir lo nuevo. A veces consiste en conservar aquello que funciona, entender por qué funciona y utilizar la tecnología para hacerlo todavía mejor.
Eso lo entendieron hace más de cien años en Panamá…