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Hugo Ontiveros
La esfera política
Por: Hugo Ontiveros

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El mariachi es México

Hoy estamos conmemorando un día profundamente especial para los mexicanos.

Hoy estamos conmemorando un día profundamente especial para los mexicanos. Un día que no se explica con discursos, sino que se siente. Un día que nos recuerda algo esencial: la identidad no se improvisa, se hereda.

Para mí, el mariachi no es solo música. Es algo sagrado. Fundamental. Me atrevo a decirlo con toda claridad: sin el mariachi, probablemente yo no sería quien soy. Vengo de familia de mariachis. Crecí entre notas, ensayos, discos de acetato, casetes y las galas de los pantalones. Crecí escuchando violines, trompetas y guitarrones como un estilo de vida.

Mucho se dice —y con razón— que el mariachi, como hoy lo conocemos, surgió en la primera Guadalajara, lo que hoy es Nochistlán, Zacatecas. Ese Pueblo Mágico no solo es cuna de grandes mariachis, también es cuna de mi familia, de mis raíces más profundas.

De ahí es mi abuelo, José Pérez Gómez, “Don Pepe”, como todos lo conocen. Un hombre que desde muy joven salió, con trompeta en mano, rumbo a Monterrey, decidido a enaltecer esta profesión. No para hacerse famoso, sino para honrar un oficio. Con el tiempo, tuvo la dicha de compartir escenarios con gigantes de nuestra historia musical, desde José Alfredo Jiménez hasta Juan Gabriel, y de llevar su música más allá de nuestras fronteras.

Eso es el mariachi: identidad que viaja, que cruza países, que no necesita traducción. Porque sus notas te pegan en los sentimientos.

El mariachi no distingue clases sociales. No pregunta de dónde vienes ni cuánto tienes. Une. Es el mismo en la boda elegante, que en la fiesta más modesta; en el escenario internacional y en la plaza del pueblo. Basta que suene El Rey para que, en cualquier rincón del mundo, los mexicanos volvamos a cantar juntos.

El mariachi es también un factor social y político. En un país diverso y, muchas veces, dividido, el mariachi es uno de los pocos símbolos que todavía nos iguala. Nos recuerda que, antes que cualquier etiqueta, somos mexicanos.

Y hay algo más que merece decirse con respeto: el traje charro. Ese traje que no es disfraz ni vestuario, sino símbolo. Confieso algo con toda honestidad: yo jamás me atrevería a ponérmelo. Porque para portar el traje de mariachi se necesita una estirpe muy especial. Se necesita historia, disciplina y respeto. El traje charro se honra, se cuida, se defiende. Así lo ha hecho mi abuelo, así lo han hecho mis tíos durante décadas.

Esta columna es para ellos. Para Don Pepe. Para los mariachis que cargan su instrumento como bandera, que sudan el traje, que representan a México con dignidad en cada nota. Para quienes entienden que la cultura no es adorno: es la columna vertebral de una nación.

Cuidar al mariachi es cuidar nuestra identidad. Defenderlo es un acto cultural, social y también político. Porque un país que respeta sus raíces camina con más firmeza hacia el futuro.

Con cariño especial,

para Don Pepe.

Mi abuelo.


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