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Sí, preciosidades, hoy quiero hablarles de nuestras contradicciones morales. Yo estoy en contra de comprar perros. Muy en contra. Me parece que comprar un animal de compañía porque te gusta su raza, su tamaño o porque combina con los muebles de tu casa es algo que tendríamos que cuestionarnos mucho más. Y sí, creo que debería darnos un poquito de vergüenza.
Pero no soy vegana.
Es decir, me indigna que alguien pague por un perro que nació para ser vendido, pero yo voy al supermercado, saco una charola del refrigerador y pago por un animal que nació para terminar ahí.
Ellos compran animales vivos en una vitrina. Yo compro animales muertos en un refrigerador.
Y es super dolorosoconfrontar esta contradicción. Porque, claro, no es exactamente lo mismo. Tener un perrono es lo mismo que comer carne. Las industrias son distintas y también lo son sus consecuencias. Pero hay una pregunta que no me puedo quitar de encima:
¿Por qué me resulta tan fácil indignarme y tomar acciones por el problema en una vitrina, pero no por el del empaque al vacío?
Hay varios estudios que quizá lo explican y la mayoría coincide en que presentar carne procesada o al animal sin forma de animal reduce la empatía hacia ese ser vivo.
Esa menor empatía se asocia con una mayor disposición a comer carne. En cambio, mostrar un animal vivo en un anuncio de carne aumenta la empatía y reduce las ganas de consumirlo.
Reconocer rasgos humanos en otros animales nos hace sentir empatía.
Los cachorros en una vitrina tienen ojos que te devuelven la mirada. Podemos imaginarlos separados de su madre, encerrados, asustados.
Pero el animal que terminó convertido en comida ya no tiene ojos que nos miren. Tiene una etiqueta con el precio por kilo. Y eso cambia muchísimo la manera en la que nos relacionamos con lo que estamos comprando.
No necesariamente porque seamos monstruos. A veces, simplemente, aprendimos a mirar unas cosas y a dejar otras fuera del encuadre.
Y aquí viene la parte más dolorosa e incómoda.
Reconocer mis contradicciones no significa que tenga que dejar de defender la adopción.
Pero sí significa que tengo que preguntarme por qué soy tan exigente con unas prácticas y tan tolerante con otras.
Porque la ética no puede consistir solamente en detectar lo que hacen mal los demás. Aunque, admitámoslo, eso es muchísimo más cómodo.
Pero de lo que sí estoy convencida es de que no necesitamos ser personas perfectas para defender algo que consideramos correcto. Pero sí necesitamos estar dispuestas a que nuestras propias decisiones también pasen por el interrogatorio.
Porque una cosa es tener principios. Y otra, muy distinta, es utilizarlos para sentirnos mejores que los demás (aunque lo seamos).
Yo sigo pensando que comprar perros es algo que deberíamos cuestionar. La pregunta es si estoy dispuesta a cuestionarme a mí misma con la misma severidad. Y esa, sospecho, es una conversación bastante menos cómoda que señalar a alguien en una tienda de mascotas.