Carolina Hernández: ¿Quieres ser tradwife? Tal vez lo que realmente quieres es dejar de preocuparte por el dinero
El fenómeno de las tradwife refleja, más que un regreso a los roles tradicionales, el deseo de muchas personas por alcanzar estabilidad económica y una vida con menos estrés financiero.
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Yo soy Carolina Hernández y esto es Sin Esdrújulas, tu micro mini podcast en el que escribo cosas que luego leo y luego tú me ves leer mientras horneas un pan de plátano.
Y hoy quiero hablarte de esa cosa que seguro ya te mostró tu algoritmo y es las trad wife, las esposas tradicionales que te decía yo.
Y de entrada, si de repente sientes como que la idea de serlo no está tan mal, déjame que te diga que no quieres ser tradwife; quieres vivir sin la angustia económica que hace parecer deseable depender de alguien.
Durante los últimos años internet se ha llenado de videos de mujeres preparando pan desde cero, en una cocina de ensueño, acomodando flores frescas en la cocina, vistiendo vestidos de lino mientras esperan a que su esposo llegue de trabajar.
Lo venden como una filosofía de vida. Pero casi nunca hablan del requisito de entrada. Porque para vivir así primero necesitas que alguien pague la renta, el seguro médico, las colegiaturas, el coche, las vacaciones y el refrigerador lleno. No es una estética. Es un privilegio económico.
La mayoría de las mujeres no es que sueñe con depender de un hombre. Sueña con no tener que revisar la cuenta del banco antes de ir al super. Suena con poder desayunar sin tener que correr al trabajo. Con poder pasar una tarde con sus perros, con sus hijos, con ella misma sin tener que responder veinte mensajes del trabajo. Sueña con tener tiempo para cocinar porque quiere, no porque sea la única opción.
Lo que produce esta cosa como de cierta envidia cuando vemos a esas mujeres dedicadas por completo al hogar no es la sumisión. Es el anhelo de tiempo. Y el tiempo cuesta dinero. Ergo, es el anhelo de estabilidad economica.
Por eso el fenómeno tradwife dice menos sobre el regreso de los roles tradicionales y mucho más sobre el agotamiento de una generación de mujeres que trabajamos ocho, diez o doce horas al día y aun así sentimos que nunca alcanza.
En ese contexto, la idea de abandonar el trabajo y dedicarnos al hogar no parece ser la renuncia a los derechos conseguidos, parece más un premio, un pequeño descanso al agotamiento de estar toda los días contando los pesos para llegar a fin de mes.
Por eso nunca romantiza a la mujer que lava ropa en una tina o a la que no tiene decisiones políticas o a la que no puede hacer otra cosa más que quedarse. No, romantiza a la que hace pan artesanal en una cocina de medio millón de pesos. No vende tradición. Vende abundancia. Y ahí está el truco.
Nos hicieron creer que el deseo era volver a los años cincuenta, cuando en realidad lo que muchas personas extrañan es la posibilidad de vivir sin que cada decisión esté determinada por el dinero. Porque nadie fantasea con depender.
La fantasía es que las cuentas dejen de perseguirnos. Porque no quieres ser tradwife, preciosa, quieres ser rica.