México

Carolina Hernández: El caso de Rocky desata una pregunta incómoda ¿combatimos la violencia con más violencia?

La agresión contra Rocky abrió un debate sobre los límites de la indignación y el riesgo de responder a la violencia con más violencia.


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Hola, qué tal.Yo soy Carolina Hernández y esto es Sin Esdrújulas,tu micro mini podcast en el que escribo cosas que luego leo y luego tú me ves leer para que te ataques igual que yo…

Porque hoy quiero hablarte de algo que me trastocó profundamente. A estas alturas asumo que todas sabemos del caso de Rocky el perrito que fue brutalmente maltratado en Saltillo, por quien debía ser su cuidadora.

Todo es atroz y siniestro.

Pero hay algo inquietantemente revelador en leer decenas de comentarios que dicen: “háganle lo mismo a ella”.

No porque la indignación sea injustificada. Al contrario. Ver a un ser vivo sufrir de esa manera provoca rabia, impotencia y una necesidad casi instintiva de que exista una consecuencia.
Pero cuando la consecuencia que imaginamos es replicar exactamente la misma crueldad que condenamos, vale la pena preguntarnos qué estamos defendiendo realmente.

Cada vez que un caso de maltrato animal se vuelve viral, aparecen dos conversaciones.

Una es sobre la víctima. La otra es sobre nuestra relación con la violencia. Y, con frecuencia, la segunda termina devorándose a la primera.

Resulta paradójico exigir empatía hacia un animal mientras celebramos la idea de torturar a una persona.
Si creemos que el sufrimiento es inaceptable cuando lo padece un perro, ¿por qué deja de serlo cuando cambia la especie?

Y sí, probablemente estés pensando: porque ella se lo merece y él no.
Pero esa frase es peligrosa.

Es el mismo mecanismo con el que históricamente las sociedades han justificado linchamientos, torturas y toda clase de castigos ejemplares a quienes consideran merecedores de eso.
Y todo comienza con la deshumanización al otro y entonces cualquier violencia parece legítima.

Y por supuesto que esto no significa pedir impunidad.
Nada más lejos de la realidad. De hecho, al contrario, significa exigir justicia precisamente para no depender de la venganza.

La diferencia importa porque la justicia busca proteger a la sociedad y establecer límites; la venganza busca satisfacer una emoción.
La primera construye instituciones.
La segunda solo cambia de víctima.

Y quizá lo más inquietante no es que existan personas capaces de arrastrar a un perro.
Lo más perturbador es descubrir cuántas están dispuestas a parecerse a ellas.
A hacer lo mismo, solo que con una falsa superioridad moral.

El sistema de justicia en México es inoperante, deficiente y corrupto, pero una sociedad que se vuelve un monstruo para vencer a otro monstuo está muy lejos de ser el reemplazo de esa justicia.

Pero pareciera que hay mucha gente que no está en contra de la violencia, si no que solo está esperando su turno para ejercerla.

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