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Hola, qué tal, yo soy Carolina Hernández y esto es Sin Esdrújulas, tu micro mini podcast en el que escribo cosas que luego leo y luto tu me ves leer porque crees que somos amigas… y quizá yo también lo crea, pero… hablemos de amistad.
Pero no de esa cosa cursi de que las amistades son la familia que uno elige.
No, no, no…
Vamos a hablar de algo menos romántico, la realidad de que tener amigos también requiere tiempo y el tiempo, como casi todo en esta vida, está repartido de una manera bastante injusta.
Piénsalo.
Para conservar una amistad necesitas contestar mensajes, hacer llamadas, acordarte de preguntar cómo sigue alguien, organizar una comida, atravesar la ciudad, escuchar una historia que ya te contaron tres veces y estar presente cuando tu amiga está pasando por una crisis existencial porque su jefe es un imbécil.
Todo eso requiere tiempo. Y energía. Y a veces dinero.
Ahora imagina a una mujer que trabaja ocho horas, hace dos horas de traslado, recoge a sus hijos, cuida a su mamá y llega a su casa a resolver lo que nadie más resolvió.
¿A qué hora se supone que va a tener vida social?
La sociología lleva tiempo estudiando cómo organizamos el trabajo, los cuidados y el tiempo libre.
Y aquí aparece una pregunta bien incómoda ¿cuánto de nuestra vida afectiva depende de las condiciones materiales que tenemos para vivirla?
Porque no es lo mismo tener una tarde libre que necesitar esa tarde para lavar ropa, hacer el súper, llevar a alguien al médico y, de paso, recordar que tú también necesitas ir al médico.
Y hay otro detalle.
Buena parte del trabajo de mantener vivos los vínculos recae sobre las mujeres, no me digan que no.
En general somos nosotras las que preguntamos, organizamos, recordamos, escuchamos y detectamos que algo anda mal aunque la otra persona diga que está perfectamente bien.
Como si además de trabajar tuviéramos que tener una maestría en mantenimiento emocional de adultos.
Y luego pasa algo curioso, que cuando dejamos de ver a nuestras amistades pensamos que la amistadse está acabando.
Que ya no nos quieren. Que cambiaron. Que la vida nos separó.
Pero ¿y si algunas veces no es falta de cariño, sino falta de tiempo?
Ojo, tampoco vamos a usar la precariedad como excusa universal. Hay personas que tienen tiempo y no te buscan. Y hay otras que, aun con la agenda hecha pedazos, encuentran cinco minutos para decirte “no puedo verte esta semana, pero estoy pensando en ti”.
La diferenciaimporta.
Porque una cosa es no poder estar y otra muy distinta es dejar que la otra persona sostenga sola una relación que se supone que es de dos.
El problema es que vivimos como si la amistad fuera una planta que se riega sola. La dejamos en una esquina, nos acordamos de ella cuando tenemos un problema y esperamos que siga floreciendo aunque llevemos seis meses sin echarle agua.
Y no funciona así.
Quizá por eso vale la pena preguntarnos cuántas amistades hemos perdido porque dejamos de querernos y cuántas porque nunca encontramos el tiempo para seguir estando en la vida de la otra.
Pero también preguntar, cuántas de esas amistades de verdad merecen el esfuerzo? cuántas no soltamos por nostalgia, por evitar el conflicto, por hueva la neta..
Recuerda, la amistad necesita espacio en la agenda, pero, sobre todo, necesita un lugar en nuestras prioridades.
Y no siempre podemos cambiar las condiciones en las que vivimos. Pero sí podemos dejar de fingir que los vínculos se sostienen únicamente con buenas intenciones.
Porque querer a alguien no te garantiza que esa persona se quede.
Pero si nunca encuentras tiempo para estar en su vida, tampoco puedes sorprenderte cuando un día descubras que ya no estás en la suya.