Carlos Chávez de Icaza

Publicado el

Brasil vota y México debería estar tomando nota

Mientras la atención política se centra en Estados Unidos, Brasil vive un momento crucial que impactará a México



Mientras buena parte de la conversación política mexicana mira inevitablemente hacia Washington y la relación con Estados Unidos, al sur del continente se está produciendo un movimiento político y económico que el sector empresarial mexicano debería seguir con mucha mayor atención.

Brasil acaba de celebrar la primera vuelta de una elección presidencial que terminó siendo mucho más cerrada de lo previsto.

Flávio Bolsonaro obtuvo alrededor de 47% de los votos y el presidente Luiz Inácio Lula da Silva poco más de 45%. Ninguno alcanzó la mayoría necesaria y ambos volverán a las urnas el próximo 25 de octubre. (Reuters)

Pero para los empresarios mexicanos, quizás el dato más importante no sea solamente quién ocupará el Palacio de Planalto.

Lo relevante es qué modelo económico emergerá de Brasil después de las elecciones.

Los mercados dieron una primera señal contundente. Al día siguiente de la elección, el índice Bovespa subió 7.7% y alcanzó un máximo histórico. El real también se fortaleció de manera importante frente al dólar. Los inversionistas interpretaron el resultado como una posibilidad de mayor disciplina fiscal y reformas orientadas al mercado. (Reuters)

Eso no significa que el resultado de la segunda vuelta esté escrito. Sí significa, en cambio, que los inversionistas están comenzando a posicionarse frente a dos escenarios económicos distintos.

Y ahí comienza la parte que debería interesarnos en México.

Brasil no es solamente otra economía latinoamericana. Es la mayor economía de la región y, junto con México, uno de los dos grandes polos industriales, financieros y de consumo de América Latina.

Además, la relación comercial entre ambos países está creciendo.

De enero a agosto de 2026, Brasil exportó a México alrededor de 5,710 millones de dólares, 13.7% más que en el mismo periodo del año anterior.

En sentido contrario, las importaciones brasileñas procedentes de México alcanzaron unos 5,098 millones de dólares, con un crecimiento de 31.2%. Es decir, en apenas ocho meses el intercambio bilateral superó los 10,800 millones de dólares. (Balanca)

No estamos hablando de una relación marginal.

Automóviles y autopartes, acero, maquinaria, alimentos, productos químicos, manufacturas y bienes intermedios forman parte de una relación productiva que podría profundizarse considerablemente.

La elección brasileña abre por lo menos tres escenarios que las empresas mexicanas deberían analizar.

El primero es un Brasil que emprenda un ajuste fiscal más agresivo y una agenda económica más favorable a la inversión privada. La reacción inicial de los mercados muestra claramente que una parte importante de los inversionistas espera precisamente eso de un eventual gobierno encabezado por Flávio Bolsonaro. (Reuters)

Un Brasil con mayor disciplina fiscal, menor intervención estatal y nuevas reformas proinversión podría atraer capital internacional hacia infraestructura, energía, minería, manufactura y servicios.

Eso tendría una doble lectura para México.

Sería una oportunidad para las empresas mexicanas interesadas en invertir o expandirse en Brasil, pero también significaría mayor competencia por los capitales internacionales que hoy analizan dónde colocar sus recursos en América Latina.

México suele pensar que su gran ventaja competitiva es inevitable: la cercanía con Estados Unidos.

No necesariamente.

El capital compara rendimientos, estabilidad regulatoria, energía, infraestructura, mercado interno, seguridad jurídica y perspectivas de crecimiento. Brasil tiene más de 200 millones de consumidores y una enorme base industrial. Si mejora simultáneamente algunas de esas variables, la competencia por inversión será mucho más intensa.

El segundo escenario sería la continuidad de Lula, pero probablemente con ajustes importantes.

Después del resultado de la primera vuelta, Reuters informó que Lula está considerando al vicepresidente Geraldo Alckmin como posible ministro de Hacienda en caso de ganar la reelección, una señal dirigida precisamente hacia los sectores empresariales y financieros preocupados por la situación fiscal. (Reuters)

Eso resulta particularmente interesante.

Una eventual continuidad del gobierno de Lula podría no significar simplemente más de lo mismo. La presión electoral y la reacción de los mercados podrían empujar al gobierno hacia posiciones económicas más centristas y pragmáticas.

Existe además un tercer elemento que probablemente tendrá consecuencias económicas independientemente de quién gane la presidencia: el nuevo Congreso brasileño.

El Partido Liberal de Bolsonaro incrementó sustancialmente su presencia legislativa. Reuters reportó que obtuvo la mayor representación tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados. Esto significa que cualquier presidente tendrá que negociar con un Congreso considerablemente inclinado hacia posiciones conservadoras y favorables al sector privado en distintas áreas. (Reuters)

Por eso el verdadero resultado económico de la elección brasileña probablemente no dependerá únicamente del presidente.

Dependerá de la interacción entre Ejecutivo, Congreso, mercados y empresarios.

México debería observar todo esto con atención.

Porque mientras nosotros discutimos casi exclusivamente cómo aprovechar el nearshoring estadounidense, Brasil está jugando otra partida: convertirse en destino de inversión en energía, minería, agroindustria, tecnología, infraestructura y manufactura avanzada.

México tiene una ventaja extraordinaria por pertenecer al T-MEC. Brasil tiene otras: tamaño de mercado, recursos naturales, energía, capacidad industrial y una posición estratégica dentro de Sudamérica.

No deberíamos vernos solamente como competidores.

Existe también una enorme oportunidad para construir cadenas productivas latinoamericanas mucho más profundas.

México puede funcionar como plataforma hacia Norteamérica. Brasil como plataforma hacia Sudamérica y, crecientemente, hacia otros mercados emergentes.

Empresas de ambos países podrían aprovechar esa complementariedad.

El problema es que históricamente hemos vivido de espaldas unos a otros.

La elección brasileña debería servir para cambiar esa mirada.

En las próximas semanas habrá mucha atención sobre Lula y Bolsonaro. Para los políticos, la pregunta será quién gana el 25 de octubre.

Para los empresarios, la pregunta debería ser otra:

¿Qué Brasil aparecerá el 26 de octubre y qué lugar quiere ocupar México frente a él?

Porque en una economía global donde Estados Unidos, China y Europa están reconfigurando cadenas de suministro, comercio e inversión, América Latina también comenzará a competir internamente por capital y proyectos.

Y Brasil ya mandó una señal.

Ahora falta saber si México está escuchando.

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