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Nuevo León

El vapor que despierta a trabajadores y estudiantes: incrementa venta de café en estación del Metro

Los vendedores de café en Escobedo desafían el frío matutino para ofrecer calor a los regiomontanos.


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Son las 4:15 de la mañana y el termómetro en la zona norte del área metropolitana parece haberse congelado. Mientras la mayoría de la ciudad pelea contra las sábanas, bajo la imponente estructura de concreto de la Estación Sendero, la vida ya hierve.

No son las máquinas del Metro las que marcan el inicio del día, sino el rítmico golpeteo de una cuchara de madera contra una olla de peltre.

Aquí, donde el viento de Escobedo sopla sin obstáculos, el frío no es una cifra en el celular; es una aguja que atraviesa la ropa.

Pero para Karen y otros vendedores de la zona, el invierno no es un pretexto, es una misión.

¿Un faro en la penumbra?

Entre la neblina que baja de los cerros, los puestos de café y atole se convierten en pequeños faros de luz naranja.

Desde las cuatro de la madrugada, antes de que el primer vagón ruede, ellos ya han montado su trinchera: una mesa, un mantel de cuadros, y esas ollas gigantescas que guardan el tesoro líquido que mantiene a pie a los trabajadores de las fábricas y a los estudiantes de la UANL.

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¿El ritual de la supervivencia?

A medida que el reloj avanza hacia las 7 de la mañana, el flujo de gente aumenta.

Los rostros son los mismos: ojos entrecerrados por el sueño, bufandas hasta la nariz y hombros encogidos. El ritual es casi religioso. El pasajero baja del camión o sale del Metro, camina rápido, pero se detiene en seco ante el vapor que emana del puesto.

No hace falta mucha charla. Un billete arrugado, una mano que busca el calor del vaso desechable y ese primer suspiro de alivio cuando el atole de nuez o el café de olla toca los labios.

Para muchos, este es el único momento de calidez en una jornada que apenas comienza bajo un cielo gris.

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¿Los olvidados del termómetro?


Aunque hoy las escuelas de Escobedo lucen semivacías por el ausentismo, estos comerciantes no pueden permitirse el lujo de quedarse en casa.

Si ellos no llegan, el camino al trabajo se vuelve más largo y más frío. A pesar de que la temperatura amaneció abajo de los 5 grados, ellos permanecen ahí hasta las 10 de la mañana, cuando el sol —si hay suerte— empieza a calentar el pavimento.

Su labor es una crónica de resistencia. Son los psicólogos del café rápido, los que dan los buenos días cuando nadie más quiere hablar y los que, con un pedazo de pan, le devuelven el alma al cuerpo a los miles de regiomontanos que transitan por Sendero.

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Cuando el reloj marca las diez y las ollas muestran el fondo, los vendedores comienzan a levantar su campamento. Se van con el cansancio en los hombros, pero con la satisfacción silenciosa de haber sido el fuego que encendió el motor de la ciudad una mañana más.

En Escobedo, el invierno se siente menos si hay un atole esperando abajo del Metro.

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