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A medida que el reloj avanza hacia las 7 de la mañana, el flujo de gente aumenta.
Los rostros son los mismos: ojos entrecerrados por el sueño, bufandas hasta la nariz y hombros encogidos. El ritual es casi religioso. El pasajero baja del camión o sale del Metro, camina rápido, pero se detiene en seco ante el vapor que emana del puesto.
No hace falta mucha charla. Un billete arrugado, una mano que busca el calor del vaso desechable y ese primer suspiro de alivio cuando el atole de nuez o el café de olla toca los labios.
Para muchos, este es el único momento de calidez en una jornada que apenas comienza bajo un cielo gris.
Aunque hoy las escuelas de Escobedo lucen semivacías por el ausentismo, estos comerciantes no pueden permitirse el lujo de quedarse en casa.
Si ellos no llegan, el camino al trabajo se vuelve más largo y más frío. A pesar de que la temperatura amaneció abajo de los 5 grados, ellos permanecen ahí hasta las 10 de la mañana, cuando el sol —si hay suerte— empieza a calentar el pavimento.
Cuando el reloj marca las diez y las ollas muestran el fondo, los vendedores comienzan a levantar su campamento. Se van con el cansancio en los hombros, pero con la satisfacción silenciosa de haber sido el fuego que encendió el motor de la ciudad una mañana más.
En Escobedo, el invierno se siente menos si hay un atole esperando abajo del Metro.