Feminización de la supervivencia en México: mujeres enfrentan jornadas de hasta 98 horas semanales
La carga de criar, proveer, atender enfermos y mantener a flote la vida cotidiana recae cada vez más sobre mujeres que enfrentan dobles y triples jornadas sin respaldo institucional.
Feminización de la supervivencia en México: mujeres enfrentan jornadas de hasta 98 horas semanales. Foto: Canva | Carlos Rocha.
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Tres escenarios:
Antes de las 7 de la mañana de todos los días, incluidos sábados y domingos, Lizeth Adriana debe tener completada dos o tres tareas del proyecto de programación computacional que le encargan vía remota. Tiene maestría en Ciencias de la Computación, domina el idioma inglés y es madre de un adolescente con grado 3 de trastorno del espectro autista.
Después de esa hora tiene que dividir su vida entre ser la cuidadora de Elías, su hijo autista; esposa de Miguel, su marido, y estar pendiente de las necesidades de Rosa, su mamá.
Las horas no le alcanzan: Elías es altamente demandante y, con la entrada en la adolescencia, las mordidas y golpes que le propina a Lizeth son cada vez más frecuentes; Miguel exige su desayuno y comida en horarios estrictos, mientras va al gimnasio y la oficina “porque gana más y es el principal ingreso de la casa”, y Rosa, pide atención cada vez más, pero hace mucho tiempo que se olvidó de agradecer y dejó de ser la madre cuidadora de su hija.
Además, sobrevivir en Monterrey es todo un reto: los precios de los alimentos se dispararon, el transporte público es caro y la seguridad pública no es una promesa de campaña que los gobernantes actuales hayan cumplido.
Lizeth considera seriamente mudarse a Austin, Texas, donde se encuentra la sede de la compañía creadora de programas computacionales que la contrata, pues allá le pagarían en dólares, no en pesos mexicanos como actualmente sucede y, principalmente, porque tendría oportunidad de que Elías tuviera atención especializada en autistas, algo que en Monterrey es extremadamente caro. Su marido no está de acuerdo: prefiere seguir en su oficina y su rutina de ejercicio y dieta saludable.
La escena se repite de lunes a viernes, casi a la misma hora, minutos antes de las 3 de la tarde: la abuela, que casi 70 años, deja amarrada una carriola al poste frente a la guardería del IMSS, en la colonia El Carmen de la ciudad de Puebla.
Junto a la carriola, también están amarrados dos perros: un viejo pastor alemán de difícil caminar y un diminuto Yorkshire de pelambre brilloso, que hacen la especie de cuidadores, en lo que la abuela entra a la institución para recoger a su nieto.
Ya con el nieto amarrado, la abuela emprende el camino de regreso a casa: empujando la carriola y jalando a los perros. A la mujer le cuesta trabajo desplazarse por las pésimas banquetas de la ciudad de Puebla, llenas de hoyos y de empinados accesos a cocheras que, con su evidente sobrepeso y dificultad para caminar, hacen aún más difícil el ritual de ir por el infante, quien sólo disfruta del traslado.
Foto: Canva.
Un niño que ignora, y no tiene por qué saberlo, que su madre trabaja largas jornadas y no tiene tiempo para pasar por él en la tarde, comer juntos y llevarlo a alguno de los parques capitalinos. Esa rutina de muchas mujeres dejó de existir hace mucho tiempo en esta ciudad.
En la Ciudad de México, Gabriela tuvo que dejar su plaza en la Secretaría de Educación federal porque su madre enfermó. Nadie más de los cuatro hijos podía cuidar a la mujer que les dio la vida. “Mis hermanos mandan poco dinero, y eso cuando pueden, pero la que ahora está aquí lavando, curando y aguantando el cansancio soy yo. La verdad es que mi vida se detuvo hace 5 años”.
Así lo relató Gabriela al Grupo de Información en Reproducción Elegida, que documenta cómo la falta de licencias y apoyos para cuidadoras de personas dependientes recae de forma desproporcionada en las mujeres, anulando su movilidad laboral, información que está plasmada en sus reportes sobre Trabajos de Cuidados y Justicia Reproductiva.
Mujeres en México: entre la jornada de 98 horas y el agotamiento de la “generación sándwich”
En México, si bien el INEGI tiene algunos esbozos, no hay una precisión de cuánto duran las jornadas laborales formales e informales de las mujeres mexicanas, pero su situación no parece ser distinta de otras mujeres a nivel internacional.
Previo a la pandemia, la empresa One Poll, y la Asociación Americana de Psicología (APA, en inglés), realizaron estudios que tradujeron esa carga laboral en términos de mercado, encontrando resultados demoledores: una mujer de mediana edad, radicada en un entorno urbano, realiza esfuerzos físicos y mentales equivalentes a tres trabajos de jornada completa diariamente.
La jornada “estándar” en México oscila entre las 40 y las 48 horas semanales, pero la mujer que lidera un hogar comienza su rutina entre las 4 y las 5 de la mañana, y no concluye antes de las 9 de la noche.
Estos ciclos de entre 14 y 17 horas diarias de trabajo pueden sumar sin problema más de 98 horas semanales de carga laboral remunerada y no remunerada, en donde la disponibilidad es absoluta.
De acuerdo con la organización Red de Cuidados México, 70 por ciento de las mujeres que realizan dobles o triples jornadas presentan síntomas severos de burnout del cuidador; es decir, insomnio, dolores musculoesqueléticos crónicos y ansiedad que es calmada con la ingesta diaria y en grandes cantidades de comida chatarra.
En los contextos urbanos, una maternidad atravesada por la urgencia significa que las mujeres no eligen cómo criar, sino que obedecen a reacciones desde la carencia, lo que quiere decir que padecen diariamente un duelo no sólo por los seres queridos, sino por la mujer que pudieron ser si el sistema no les hubiera exigido ser omnipotentes y omnipresentes.
Sin embargo, crear una política pública que lleve a las mujeres a salir de este bucle interminable no parecer estar en la agenda política inmediata.
Desde la instauración de la política económica neoliberal a mediados de los años 80 del siglo pasado, el sistema político mexicano ha confundido el asistencialismo con “justicia social”, especialmente durante los dos últimos sexenios: los programas de transferencias económicas, ya sea vía apoyos directos o becas y pensiones para el bienestar, estos beneficios no han resulto la necesidad de una infraestructura de cuidados que permita a las mujeres desarrollarse profesionalmente.
Por ejemplo: en los centros de salud urbanos, la atención psicológica es inexistente, y más cuando se trata de mujeres en condiciones de precariedad, o de contextos rurales e indígenas. En los centros de salud, o áreas de urgencias de los hospitales, se suele diagnosticar un síntoma físico, como lo puede ser una gastritis o una migraña, pero no las causas que lo originan, como un colapso por sobrecarga de responsabilidades.
Lo anterior tiene respaldo en las cifras que difundió el INEGI el pasado 8 de marzo, a propósito del Día Internacional de la Mujer. De acuerdo con el organismo federal, 69.4 por ciento de las mujeres que residen en áreas urbanas de México consideran que es inseguro vivir en su localidad, esto al cierre de 2025, año en que también este organismo documentó 396 amenazas y agresiones con ácido.
Durante las décadas de los años 70 y 80 del siglo pasado, en el colectivo imaginario nacional permeó la idea popular de que el mexicano promedio debía trabajar duro “para sacar adelante a la familia”. Sin embargo, para la mujer actual mexicana, esa frase significa estar inmersa en toda una ingeniería de supervivencia que permite enfrentar diariamente a la precariedad laboral, el abandono institucional y a la carga emocional de la que difícilmente se habla.
De acuerdo con los datos más recientes de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH), junto con otros datos del INEGI, las mujeres mexicanas aportan un 24 por ciento del Producto Interno Bruto del País, y los hogares encabezados por ella apunta a convertirse en la norma urbana: actualmente, más de 33 de cada 100 hogares en México tienen a una mujer como jefa y única proveedora económica.
Este cambio demográfico, ocurrido en los últimos 20 años, no es solo una estadística: apunta a una mutación de la economía tradicional familiar de nuestro país.
Foto: Canva.
¿Guerreras o abandonadas?
Las narrativas de las redes sociales han puesto a las mujeres mexicanas en el papel de “guerreras” e “incansables”, entre otras etiquetas, que están lejos de ser halagos: son lápidas que romantizan la precariedad en la que viven.
Esas narrativas pretenden ver a la fortaleza femenina como si fuera una virtud de origen místico, cuando en realidad las mujeres generan respuestas obligadas a sobrevivir a entornos hostiles de un sistema que las dejó solas. Los discursos progresistas lo llaman pomposamente “resiliencia”, pero son respuestas a la falta de opciones que México no les ofrece.
La feminización de la supervivencia en las ciudades mexicanas se aprovecha del cansancio de las mujeres con problemas que van más allá de los problemas familiares, sino que obedecen a situaciones estructurales: mientras que el mercado laboral no reconozca la necesidad de los cuidados, las políticas públicas sigan siendo asistencialistas y lo que se debería resolver con presupuesto y justicia, se promueva con un “échale ganas” para salir adelante, México seguirá siendo un país que sobrevive gracias al agotamiento de su población femenina.