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Lo que comenzó como una celebración privada en Tijuana terminó en una escena marcada por la violencia y el silencio abrupto de una voz que, hasta hace unos días, animaba fiestas y escenarios.
Arturo Rivera, vocalista de Grupo Reacción, fue asesinado a tiros al concluir una presentación, el pasado 29 de marzo, en un hecho que hoy sacude no solo a su círculo cercano, sino a toda una industria acostumbrada, cada vez más, a convivir con el riesgo.
Desde entonces, la exigencia es clara y contundente: justicia sin dilaciones. “No puede haber más retrasos”: el reclamo del grupo
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¿Qué exige Grupo Reacción?
A través de un comunicado, los integrantes de Grupo Reacción alzaron la voz en medio del duelo. El mensaje, lejos de la estridencia, está cargado de urgencia:
La agrupación pidió que los responsables sean identificados y detenidos, subrayando que ningún otro músico ni familia debería atravesar una tragedia similar. El caso, además, vuelve a poner sobre la mesa las condiciones en las que muchos artistas trabajan en eventos privados, donde los protocolos de seguridad suelen ser inexistentes o insuficientes.
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¿Cómo va la investigación del homicidio?
Las primeras indagatorias revelan un dato inquietante: el arma utilizada en el ataque ya habría sido empleada en al menos seis homicidios previos. En el lugar se encontraron 16 casquilloscalibre 9 mm, lo que refuerza la hipótesis de que los responsables podrían estar vinculados a dinámicas de violencia más amplias en la región.
Hasta ahora, no hay personas detenidas, y las autoridades continúan con la búsqueda del presunto agresor.
Arturo Rivera era el vocalista de Grupo Reacción, una agrupación del género regional mexicano que participaba activamente en eventos privados y presentaciones locales, principalmente en el norte del país.
Si bien no era una figura masiva dentro de la industria, su trabajo formaba parte del tejido esencial del circuito musical: músicos que sostienen celebraciones, giras independientes y la vida nocturna de distintas ciudades. Rivera también participaba en la gestión de contrataciones del grupo, lo que refuerza su papel central dentro del proyecto.
Su muerte deja un vacío artístico, pero también evidencia una realidad más profunda: la vulnerabilidad de quienes hacen de la música su oficio en contextos donde la violencia irrumpe sin aviso.