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María del Carmen tiene 72 años y cose desde los ocho: “Yo inicié a la edad de ocho años con una tía, le ayudaba y me gustó. Seguí la tradición hasta hoy en día”, cuenta.
Unas manos sostienen con delicadeza a un Niño Dios vestido con un elaborado ropón blanco de encaje y pedrería. Foto: Paola Atziri
Nadie le enseñó formalmente: aprendió observando, imitando, jugando a vestir muñecas, hasta que la costura dejó de ser un juego y se convirtió en un oficio que marcaría su vida.
Hoy, ella continúa de pie en un mercado de CDMX. Luchando por una tradición en la que cree y que ha sido su sustento pero también por su lugar de trabajo. Actualmente, se estima que solo entre el 15% y el 20% de los 329 mercados públicos son solventes.
¿Cuánto cuesta vestir al Niño Dios en un mercado? ¿Es más barato en el centro?
Además de vender artículos de mercería, escobas y detergentes, cada temporada de Candelaria María del Carmen se dedica a confeccionar ropones. Cuando puede enfocarse solo en eso, tarda alrededor de una hora en terminar cada vestido. Los precios varían según el tamaño, pero rondan entre los 300 y 350 pesos.
Niño Dios luce un delicado ropón blanco de encaje y cofia. Foto: Paola Atziri
El problema, dice, no es el tiempo ni el costo, sino la falta de clientes. “Antes cosía 50, 60, hasta 70 vestidos diarios. Ahora, con trabajos hago 20”, explica.
Aunque suele creerse que en el centro todo es más barato, María del Carmen lo desmiente: “Ni siquiera son más baratos”, asegura. Aun así, la producción industrial y el consumo rápido han ganado terreno frente al trabajo artesanal.
El valor de lo hecho a mano
A diferencia de los trajes industriales, su trabajo es por encargo: “El plus aquí es que son modelos únicos”, dice. Las personas pueden llevar su propia tela y pedir un diseño específico. “Es como nosotros: queremos ser únicas. Queremos que el Niño Dios también lo sea”.
Aunque lo tradicional es vestirlo de blanco, a lo largo de los años ha confeccionado diseños poco comunes. Ha hecho trajes de policía y de bombero.
Uno de los encargos que más recuerda fue un Niño Dios vestido de bombero, pedido por una familia cuyo hijo murió dedicándose a esta profesión. “Eso no se olvida”, dice.
Incluso hay vestidos que, según ella, cuestan más trabajo que otros: “Hay niños que son más necios y no se dejan vestir, y otros que se visten solitos”, cuenta entre risas, mezclando fe, experiencia y oficio. Para ella, cada vestido no es solo una prenda, sino una historia personal y familiar.
Niño Dios vestido de gala destaca en el mostrador. Foto: Paola Atziri
La tradición de vestir al Niño Dios en riesgo
Aunque no lo plantea como una denuncia directa, María del Carmen observa una transformación profunda: la pérdida de tradiciones religiosas y comunitarias, sobre todo entre los jóvenes. “La juventud de ahora dice: ‘ay no, eso son de santos’. Ya lo toman de otra forma”, lamenta.
Aclara que no se trata de imponer creencias ni de desconocer la diversidad religiosa. “Todo se respeta”, dice. El problema, insiste, es la falta de transmisión cultural. “Si no se inculca, ¿cómo lo van a hacer? Si no hay cariño, no hay nada”.
Esta pérdida también se refleja en el abandono de los mercados públicos, espacios que históricamente han sido centros de comunidad y economía local, pero que hoy enfrentan la competencia de cadenas comerciales y tiendas de bajo costo.
El 80% de los mercados públicos en la capital han experimentado en los últimos años una caída de hasta el 60 % de ventas. “Los mercados iniciaron primero que los centros comerciales y los han echado mucho al olvido”, afirma María.
Artesanías del Niño DIos. Foto: Paola Atziri
Seguir de pie
En una ciudad donde los mercados públicos pierden clientela frente a cadenas comerciales y consumo inmediato, oficios como el de María del Carmen sobreviven más por convicción que por rentabilidad.
Cuando termina un vestido, María del Carmen no solo ve el resultado de su trabajo. “Me siento importante, me siento que todavía puedo. A mi edad sigo aquí, de pie”, dice con voz emotiva.
Desde su local en el mercado San Miguel, su mano sigue cosiendo algo más que telas: memoria, identidad y una tradición que, pese a los cambios de la ciudad, se resiste a desaparecer.