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El discurso que dio el primer ministro de Canadá, Mark Carney en el Foro Económico Mundial desencadenó el enojo de Donald Trump y el reconocimiento de Claudia Sheinbaum.
Horas después de la participación del canadiense, Trump le soltó una advertencia en Davos: “Canadá vive por Estados Unidos. Recuerda eso Mark, la próxima vez que hagas tus declaraciones”. Mientras tanto, la presidenta de México lo celebró, calificando el discurso de Carney como “muy bueno”.
En el foro, el primer ministro planteó una propuesta: dejar de operar bajo el entendido de que Estados Unidos es el “gran hegemón”. Aseguró que la integración económica con EE. UU. se le planteó a las naciones como una necesidad para obtener seguridad (tanto económica como territorial).
Hoy sabemos que esa alianza no fue ninguna garantía. Trump se la ha pasado su primer año lanzando amenazas: en el plano económico mediante aranceles, y en el plano territorial bombardeando lanchas a la altura de Latinoamérica, invadiendo Venezuela, amagando con extender operaciones territoriales en la región y más recientemente mostrando su insistencia en adueñarse de Groenlandia.
Carney criticó duramente la política trumpista, instándole a los países a actuar. No lo dice de dientes para afuera, apenas hace unos días, el primer ministro viajó a China para fortalecer sus lazos comerciales.
Mientras Canadá ha tomado esa postura, en comparación, se podría percibir que México ha optado por desempeñar un rol sumiso. Este jueves 22 de enero, de hecho, la presidenta reafirmó que ella busca que se mantenga el T-MEC y que continúe el diálogo.
¿Por qué? ¿Por qué no nos unimos a los BRICS? ¿Por qué no somos parte de ese “reordenamiento mundial” que planteó Carney? Tristemente, no tenemos el privilegio de poder “ponernos al tiro”.
La situación de México es muy distinta a la de Europa y Canadá. Es cierto, Trump ha amenazado con convertir a Canadá en el estado número 51, y ahora busca apropiarse de un territorio europeo, pero vale la pena hacer un ejercicio de imaginación:
Imagínense un escenario en el que Trump manda tropas a Groenlandia o Canadá, imagínense que el presidente de EE. UU. secuestra a altos funcionarios canadienses o de plano a Carney “a la Maduro”. Sería inconcebible. La OTAN respondería. Ameritaría una declaratoria de guerra.
Ahora, imagínense que Trump invade México, que manda tropas a nuestro territorio y despliega una serie de bombardeos.
Es más, imagínense que Trump secuestra a altos funcionarios mexicanos, o en la loquera total, a Sheinbaum. ¿Qué diría el norte global? Apostaría que, al menos parcialmente, se seguiría la narrativa de que “nos están liberando de la narcodictadura”, que somos víctimas a quienes les tenían que llevar “democracia y paz”.
Ya se está cocinando ese planteamiento con el apoyo de ciertos grupos radicales de la oposición. Apenas esta semana, la senadora ultraderechista Lilly Téllez, del PAN salió en Fox News a defender que tropas estadounidenses debían entrar a nuestro territorio.
Su argumento: que Sheinbaum está sometida a las órdenes de un “narcodictador, López Obrador”. Qué “dictador” tan chafa fue, na mas duró un sexenio…
El tema es que por ridículo que parezca, la maquinaria comunicativa está trabajando. Cuando una invasión a tu país podría ser “justificada” (erróneamente, duh), como algo “moral”, no te puedes “poner al tiro”.